12 nov. 2007

Texto de Castoriadis

Pero apenas la nueva ideología entró en funcionamiento, se vio atacada por diversos lados. El sistema social establecido comenzó a ser criticado no porque fuera incapaz de asegurar el crecimiento ni porque distribuyera de un modo desigual los “frutos del crecimiento” -críticas tradicionales de la izquierda-, sino porque no se preocupaba más que del crecimiento y no realizaba más que el crecimiento, un crecimiento de un tipodado, con un contenido específico, que suponía unas determinadas consecuencias humanas y sociales. Limitadas en principio al interior de un círculo muy estrecho de pensadores políticos y sociales heterodoxos, esas críticas se han extendido en gran manera, en el espacio de pocos años, entre los jóvenes y han comenzado a influenciar tanto los movimientos estudiantiles de los años sesenta como el comportamiento efectivo de diversos individuos y grupos, los cuales decidieron abandonar la “carrera de ratas” (1) y trataron de establecer por sí mismos nuevas formas de vida comunitaria. De modo cada vez más insistente se empezó a promover la cuestión del “precio” a que los seres humanos y las colectividades “comprarían” el crecimiento. Casi simultáneamente se descubría que ese “precio” comprendía un componente enorme, hasta entonces silenciado, y cuyas consecuencias a menudo no concernían a las generaciones presentes. Se trataba del amontonamiento masivo y tal vez irreversible de los daños infligidos a la biosfera terrestre, resultantes de la interacción destructiva y acumulativa de los efectos de la industrialización; efectos que desencadenan reacciones del medio ambiente que permanecen, más allá de cierto punto, desconocidas e imprevisibles y que finalmente podrían conducir a una avalancha catastrófica que rebasaría toda posibilidad de “control”. Desde el hundimiento de Venecia en las aguas hasta la muerte tal vez inminente del Mediterráneo; desde la eutrofización de los lagos y ríos hasta la extinción de docenas de especies vivas; desde las primaveras silenciosas hasta el derretimiento eventual de los casquetes glaciales de los polos; desde la erosión de la Gran Barrera de Coral hasta la multiplicación por mil de la acidez de las aguas de lluvia, las consecuencias efectivas o virtuales de un “crecimiento” y de una industrialización desenfrenada comenzaban a dibujarse, inmensas. La reciente “crisis de la energía” y las penurias de materias primas han llegado en el momento apropiado para recordar a los hombres que ni siquiera era seguro que pudieran continuar destruyendo la tierra durante mucho tiempo.

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