15 jun. 2007

Tecnociencia y cooperación

A la hora de hablar del desarrollo de la actividad científica, nos viene a la mente la imagen de D. Santiago Ramón y Cajal. Una persona profundamente vinculada al desarrollo de la neurociencia, haciendo cortes histológicos, realizando tinciones, observando al microscopio sus preparaciones y realizando unos hermosos dibujos. La imagen es la de un hombre solitario, en un pequeño laboratorio artesanal, luchando contra ‘viento y marea’ para poder hacerse un hueco en el ‘mundillo’ científico dominado por los alemanes.

Esta actividad tan solitaria se transformó a comienzos del siglo XX, por lo menos una parte de ella, en lo que se ha dado en llamar big science, la cual moviliza gigantescos recursos que no son sólo materiales, sino también humanos pudiéndose, entonces, hacer una distinción entre pequeña ciencia y gran ciencia. Alvin M. Weinberg (1961), creador del término big science, considera que la distinción entre ambas se encuentra en el empleo que una parte considerable de producto interior bruto de un Estado-Nación. No obstante, no faltaron pensadores que indagaron sobre la megaciencia tanto en Europa —en el CERN— o en Japón —en la ciudad de la ciencia de Tsukuba— y mostraron que hay diferencias culturales importantes en su desarrollo en función del país y de las disciplinas (Echeverría 2003: 22). Por lo tanto, pese al criterio weinbergiano parece no estar muy claro el criterio de definición de esta etapa en el desarrollo de la actividad científica.

En la actualidad, con independencia del calificativo que se le quiera poner, un experimento se ha transformado en un gran esfuerzo colectivo y con un nivel de complejidad elevado. De hecho, dentro de esta actividad nos encontramos con patentes, con una economía determinada, con unos intereses concretos, con unos objetivos y valores propios, etc. Todo ello ha originado que, hoy en día, se hable de sociedades del conocimiento, sociedades de la ciencia o la tecnología e, incluso, sociedades tecnocientíficas. Estas expresiones nos muestran que el complejo tecnocientífico se ha transformado en una de las principales fuentes de riqueza, en los países que la desarrollan, si no es la principal (Lamo de Espinosa 1996: 131). De hecho, en los Estados Unidos de América el 70 %, aproximadamente, del desarrollo industrial se está desarrollando por las industrias. Todo esto hace que, aunque existe una gran variedad de circunstancias políticas y económicas que favorecen el ensanchamiento de la separación entre —por llamarlo así— el Norte y el Sur, entre los países enriquecidos y los empobrecidos, es obvio que el filo de la inequidad se localiza actualmente en las transformaciones tecnocientíficas. En este sentido podemos poner como ejemplo a Internet y podemos comprobar que el 20% más enriquecido de la Tierra dispone del 93% del uso total de Internet (Winner 2001: 61). Por esta y otras razones, nos dice Winner que al finalizar el siglo XX hay necesidad de un nuevo tipo de movimiento social, uno preocupado directa y activamente por las diferentes formas de compromiso humano, no ya con las cosas naturales, sino con los sistemas tecnológicos (Winner 2001: 63).


Este escrito es parte de un artículo que saldrá posteriormente

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